San Esteban, diácono protomártir

San Esteban, diácono protomártir
San Esteban, diácono protomártir
Disponibilidad: Bajo pedido
Ref: A252 San Esteban Olot

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Pieza de arte cristiano de San Esteban

  • Figura realizada en pasta madera. 
  • A la venta en seis medidas: 30, 60, 100, 120, 150 y 180 cm.
  • Decorada con:
    • Ojos de cristal. 
    • Cenefas doradas. 
    • Peana acabado mármol. 
    • Aureola de metal dorado. 
  • En la mano derecha sostiene la palma del martirio. 
  • En la mano izquierda sostiene:
    • Un libro. San Esteban era una persona muy culta con una gran capacidad para la oratoria. 
    • Unas piedras. Símbolo de su martirio, San Esteban murió apedreado en las afueras de Jerusalén. 
  • San Esteban viste un alba blanca y una dalmática de diácono con mangas recortadas. 
  • Obra de arte cristiano de Olot fabricada de manera artesanal y pintada a mano. 
  • La imagen de San Esteban que acompaña la descripción corresponde a una figura de 100 cm. 
  • Las imágenes de arte cristiano en otras medidas pueden tener ligeras variaciones motivadas por el sistema de producción artesanal. 
  • Día de San Esteban el 26 de Diciembre. 

San Esteban protomártir

San Esteban también conocido como San Esteban Protomártir o San Esteban el Diácono Protomártir por ser uno de los primeros seguidores de nuestro Señor Jesucristo que dio su vida por defender y dar a conocer la palabra y obra de Jesús. Murió por proclamar su fe en Jesucristo.

El nombre de Esteban procede del griego Stephanos, que significa “coronado” o “corona”. San Esteban hizo honor a su nombre puesto que fue un Santo lleno de Espíritu Santo.

La mayor parte de la información que tenemos de San Esteban la encontramos en los Hechos de los Apóstoles (6,1 - 8,2).

San Esteban, uno de los siete diáconos

Tras la muerte de Jesús, los doce discípulos comenzaron a desarrollar la labor que su maestro les había encomendado, llevar su palabra por todos los rincones del mundo. Algunos de los Doce partieron a nuevas tierras para Evangelizar. Otro permanecieron en Jerusalén dar a conocer a todos la Palabra de Nuestro Señor Jesús.

Pronto las nuevas se empezaron a extender, y más y más gente se empezó a acercar a Jerusalén para oír y llenarse de los conocimientos de los Apóstoles. La comunidad de seguidores de Cristo no dejaba de crecer en Jerusalén.

En un primer momento fueron los propios Apóstoles los que coordinaban la creciente comunidad cristiana.  Para los Apóstoles su labor evangelizadora era prioritaria por lo que decidieron reorganizar la vida de la comunidad.

Los Apóstoles propusieron celebrar unas elecciones. La comunidad cristiana elegiría de entre sus miembros a siete personas que se encargarían de coordinar las labores del día a día. A estas siete personas se les conocía como diáconos (palabra que procede del latín “diacŏnus”, que significa servidor).

Uno de estos siete diáconos fue San Esteban. Su elección como diácono demuestra el gran amor que le tenían los miembros de la comunidad cristiana. Era considerado como una persona llena de Espíritu Santo, un hombre culto y capaz. San Esteban, además de ser uno de los responsables de la organización de la comunidad, fue un gran evangelizador. El Santo tenía una oratoria impecable y era gran conocedor de la historia.

El martirio de San Esteban

Los Apóstoles, tal y como había sucedido con Jesús, sufrieron una fuerte represión y era perseguidos por las autoridades judías. En muchas ocasiones eran hechos presos y llevamos a la cárcel por cortos períodos de tiempo.

Entre los más poderosos representantes de las sinagogas se empezó a escuchar el nombre de Esteban. Un joven con gran facilidad de palabra que estaba convirtiendo a un gran número de gente a la religión cristiana.

Deseaban conocerle y debatir con él. Los ancianos y escribas judíos concertaron una cita con San Esteban para tratar de desbaratar sus argumentos, y de este modo desprestigiar el mensaje de Cristo que trasmitía a todas las gentes de Jerusalén.

San Esteban se reunió con las autoridades judías y las dejó profundamente contrariadas. Había hablado con sabiduría, sus palabras estaban llenas del Espíritu Santo. Los judíos no pudieron hacer nada ante sus argumentos. Habían tratado de desprestigiarle y habían conseguido el efecto contrario, San Esteban en aquel momento tenía más notoriedad que nunca.

Los judíos temerosos de que mucha más gente le siguiese, trazaron un plan para acabar con San Esteban, comprarían a falsos testigos que afirmasen que el Santo había dicho palabras blasfemas en contra del Templo y de Moisés.

Con esta estrategia consiguieron llevar a San Esteban enfrente del Tribunal Supremo de la Nación, el Sanedrín. Frente al Tribunal los falsos testigos repitieron sus testimonios. Decían que San Esteban había dicho que “Jesús, el Nazareno, destruirá este lugar (el Templo judío) y cambiará las costumbres que nos transmitió Moisés”.

Ninguna acusación podía ser más apta para excitar a la turba; la ira de los ancianos y los escribas ya había sido encendida por los primeros informes de la predicación de los Apóstoles. Esteban fue detenido, y arrastrado ante el Sanedrín, donde fue acusado de decir que “Jesús, el Nazareno, destruiría este Lugar [el Templo], y cambiaría las costumbres que Moisés nos ha transmitido” (6, 12-14).

Aquellos testimonios encendieron los ánimos de los miembros del Tribunal. Le pidieron a San Esteban que se defendiese de aquellas acusaciones. El Santo, lleno de la gracia del Espíritu Santo, comenzó hablando de la historia del pueblo del Israel, desde sus inicios, después argumentó que él no había blasfemado en contra de Moisés y finalmente, con un tono acusador, afirmó que los judíos habían crucificado a Jesús, al “Justo”, el enviado que había sido anunciado por los profetas.

Ante aquellas afirmaciones los miembros del tribunal sentenciaron a San Esteban a morir lapidado. El Santo fue sacado de Jerusalén y se dispuso todo para que fuese apedreado. San Esteban dijo “Señor Jesús, recibe mi espíritu” (7, 58). Tras haber recibido varias pedradas se despidió de este mundo doblando las rodillas y gritando “Señor, no les tengas en cuenta este pecado” (7,59).